V. Helfridge desprende un aura de anticarisma que, según parece, hizo que una “l” saliera despavorida de su apellido, librándolo de resonancias infernales pero no de esos ecos heladores que también acompañan a la mera presencia de V., mensajeros de un trozo de invierno que se perdió en una de sus excursiones por el globo terráqueo para quedar condenado por siempre a girar en un torbellino en torno a la señora Helfridge, eterno suspiro helicoidal, incapaz de reunirse de nuevo con las corrientes antárticas con las que compartió tantas aventuras climatológicas de juventud.
V. no se percata del amplio radio de acción de su presencia de hielo, que causa escalofríos a los que esperan en el interior de sus coches, con la ventanilla bajada y el cinturón de seguridad abrochado, a que la examinadora del Departamento de Vehículos Motorizados de California ocupe cada vez una porción mayor del espejo retrovisor, “los objetos en el espejo están más cerca de lo que aparentan”, hasta que la piel rosácea del rostro desaparece del campo de visión, que se llena con el azul insípido de la chaqueta oficial del DMV --la cremallera sin abrochar, dejando a la vista una blusa florida de tonos rojos chillones-- y entonces efectivamente V. está más cerca de lo que aparenta, lo cual es altamente inquietante, pues indica que la persona que se aproxima a la ventanilla y que causa un escalofrío involuntario ha de ser la examinadora, que no parece ser precisamente la persona más amistosa del mundo dada la forma forzada y defensiva en que se contraen las comisuras de sus labios, que se aprietan uno contra otro convirtiéndose en una fina línea que dibuja la frontera entre la afabilidad y todo lo contrario, V. quedando siempre de este último lado e introduciéndose robóticamente con una colección de frases memorizada muchos años atrás en los cursos de preparación para empleados del DMV, frases que no hacen sino reforzar la impresión deshumanizada y fría del aura de hielo que anunció la llegada de V., pronunciadas con una voz chiclosa y desganada, con leves estridencias moderadas por un tedio que no intenta ser ocultado, buenos días, (pausa chiclosa), voy a ser tu examinadora –las últimas sílabas alargándose más de lo necesario– estoy aquí para evaluar tu capacidad de conducir con habilidad y seguridad, respetando las leyes de este país, (pausa chiclosa, escrutinio indirecto del aspecto de la víctima examinatoria), comenzaré por inspeccionar el funcionamiento de las luces de freno y los intermitentes, por favor presiona el freno....
A lo largo de los inacabables minutos de un examen de conducir con Ms. Helfridge, los extranjeros pueden comprobar cómo a V. le gusta mencionar a “este país”, en el que hay que respetar las leyes y conducir con seguridad y habilidad. Si el extranjero en cuestión es suficientemente despistado y de alguna manera logra olvidarse de que está en medio de un examen práctico de conducir, podrá escuchar a V. espetando –con el tono tedioso algo regado con toques triunfalistas, un inesperado destello de emoción en la aridez comunicativa Helfridgística-- que “en este país realmente hay que parar ante una señal de stop”. (Hmm ¿Acaso había una señal de stop?).
A V. le gusta el aire acondicionado, pero por supuesto nunca lo admitirá si la víctima examinatoria pregunta por sus preferencias, “¿Prefiere el aire acondicionado o la ventanilla abierta?”, “Es igual, lo que mejor te venga”, lo que inicia un diálogo interior de “no sé qué quiere esta señora, pero claramente el curso de acción inmediato es crucial para producir una disposición inicial positiva”, tras lo cual, recordando el aspecto sofocado y bamboleante de la imagen especular de Ms. Hilfridge haciéndose más y más grande en el espejo retrovisor mientras el misterioso escalofrío se paseaba por la médula espinal, uno decide activar el aire acondicionado y cerrar las ventanillas, lo que parece ser recibido con una relajación de las comisuras de los labios de V., que sin embargo se pone a trastear con una de las salidas de aire en el salpicadero, “¿le molesta? Si quiere puedo apagarlo”, “no, no, de hecho estaba intentando dirigirlo más directamente hacia mí”. Suspiro interior de alivio.
En el interior de las oficinas del DMV, V. es una presencia deslocalizada, y su persona, tras la barrera de los mostradores, parece condensarse en la visera de vuelo exagerado, de rayas blancas y verdes, algunos cabellos esparcidos en su parte superior, que le acompaña en todo momento, incluso en sus aproximaciones depredatorias a los coches de las presas examinatorias o en el interior de los mismos. En la oficina, la visera sobre los ojos retocados con algo de maquillaje azul a juego con la chaqueta de azul improbable del DMV y en contraste significativo con los toques rosáceos de los coloretes en las generosas mejillas y la blusa chillona, puede verse tanto en la ventanilla de información-recepción como en las de tramitación de papeleo y exámenes o en los espacios indefinidos que hay dentro de la zona particionada de la ciudadela defendida por los mostradores. V. en el mostrador de información es la fría personificación de la eficiencia pausada, parca en palabras y sonrisas, que redirige el tráfico DMVístico de personas con mano de hierro. V. en otro mostrador murmurará por lo bajo que no tiene tiempo, ese día precisamente no tiene tiempo para hacer todo el trabajo que otras personas deberían hacer pero que parecen ser incapaces de llevar a cabo y que en su ineptitud tienen que preguntar a V., que en el fondo se siente secreta y orgullosamente indispensable, mientras sigue murmurando acerca de las supuestamente incapaces empleadas, con ellas como testigos mudos en las cercanías intercambiando miradas de cómplice resignación. Todo esto en medio de las diversas mesas con ordenadores que parecen hacer de las suyas a menudo --hasta que viene V. a calmarlos y darles caramelos de hielo-- mientras la pared del fondo ha sido extrañamente decorada con una cinta colorida pegada en horizontal, con algunos tramos desviados para enmarcar el vano de una puerta, hecha a base de una foto de bebé repetida y que presumiblemente contiene mensajes tiernos y concienciatorios y solidarios acerca de una campaña en favor de seres humanos muy muy pequeños y que quién sabe si arrancará algún tipo de sentimientos secretos a V., que quizá oculta una tormenta de instinto maternal reprimido deseoso de derramarse sobre el mundo.
Pero desde luego este instinto maternal oculto, de existir, no se derrama sobre las víctimas examinatorias. Finalizada la prueba, V. se sale del coche sin despedirse. Es más, cuando todavía está en el interior del coche dando los últimos retoques a su informe examinatorio, V. nunca dirá claramente si se trata de un aprobado o un suspenso o de ambas cosas a la vez; para ella es algo que parece ser autoevidente, pero seres inferiores como servidor se ven obligados a preguntar. Y a V. no le gusta que le pregunten; ha nacido para ser escuchada.
Parece ser que, al menos para candidatos extranjeros, el contaje del número de veces que V. repite “en este país” en un examen puede ser un buen indicador de la nota en el examen, con cero correspondiendo a la perfección de habilidad y seguridad en la conducción en este país. También ayuda intentar leer la letra pequeña del informe que V. rellena en el coche, pues en la esquina superior derecha se puede ver “apto” o “no apto”, pero esto requiere conocimientos previos avanzados. Y oh del que intente dialogar mostranto interés en aprender las reglas inquiriendo sobre situaciones de interpretación sutil mientras V. dibuja un diagrama en la hoja de su informe intentando explicar una norma para conducir con seguridad en este país --norma que de todas maneras ya se conoce porque uno es teórico y realmente se estudió el manual de conducción de este estado, con prólogo y firma de Terminator a.k.a gobernador de California, y pasó el test escrito sin ningún problema, pero de saber las normas a aplicarlas hay una gran distancia que V. no parece comprender-- pues oh del que intente mostrar interés en un diálogo socrático con V. sobre las normas, pues recibirá una mirada iracunda y será interrumpido en la tercera sílaba con un “deja de hablar, no sabes escuchar, todo está en el Libro”, la mayúscula en “Libro” claramente percibible en la pronunciación y tras la solemnidad de las frases en él contenidas que permean literalmente el discurso de V., lleno de habilidad y seguridad, libro que por cierto tiene un prólogo firmado por un actor que en las películas se dedica a predicar el ejemplo de conducción con seguridad y habilidad en este país destrozando, al parecer intencionadamente, decenas de automóviles y mobiliario urbano y atentando contra la seguridad de los peatones inocentes, sin que parezca sentir ningún tipo de arrepentimiento, es más, de alguna manera disfrutando con una sonrisa psicótica de ser el ojo de un huracán de caos y violencia sin que las leyes que representa fuera de la pantalla le afecten, espetando encima un arrogante “volveré”.
Pero lo que resulta verdaderamente terrible es esperar en el interior del coche a ser examinado y tener la paralizadora experiencia de sentir un escalofrío ya familiar recorrer la espalda, acompañado de vagas sensaciones de “déjà vu” que poco a poco cristalizan en pánico, que se confirma al mirar el espejo retrovisor y ver la visera de V. seguida de la propia V. en su azul imposible agrandándose en el espejo retrovisor por segunda vez --no puede ser, tiene que ser una pesadilla, qué horripilante conjunción de astros tiene lugar en esta infausta mañana, y V. se acerca y se acerca bamboleante, la visera cada vez más grande y más afilada y los ojos se elevan al techo del interior del coche con la ventanilla bajada, para evitar ver la mancha azul ocupando cada vez una mayor superficie especular, los objetos en el espejo están más cerca de lo que uno desearía, “buenos días, (pausa chiclosa), voy a ser tu examinadora, voy a ser tu examinadora, voy a ser tu examinadora...........”
lunes, 7 de septiembre de 2009
domingo, 9 de agosto de 2009
Gran Cañón

El borde del Gran Cañón es el fin de la Lógica, en el que toda medida se diluye precipitándose al abismo, las Matemáticas se rinden a la fuerza creadora del vacío y las manos desgarran el pecho agrietándolo en gargantas por las que sangra el paisaje inmenso, heridas y pupilas abiertas en pleno, entregadas a la brisa de renovación. La luz reinventa las formas en cada instante, las sombras definiendo el espacio a través de la nada, y los colores nacen ingrávidos en las madrugadas etéreas, azules, algodonosas, para inflamarse ardientes en los mediodías y morir consumidos por las llamas de sus propias pasiones crepusculares. Y a través de los siglos, los abismos pensantes se estratifican en distintos niveles de conciencia, entrando en las mentes insignificantes de los observadores que pululan asomados a las grandiosas bóvedas invertidas, catedrales de gravedad que cubren el cielo, y las conciencias de las sombras hormigueantes –píxeles accidentalmente oscurecidos en el mar de luz y aire y fosas de roca– sobrepasadas de grandeza, buceando en el azul, se miran a sí mismas, estratificándose e intentando indagar y buscar ese fondo que es negado a la vista por los giros caprichosos del Colorado.
martes, 28 de julio de 2009
domingo, 12 de julio de 2009
lunes, 22 de junio de 2009
Seguridad Social
Lámparas de neón, zumbidos de ventilación, una mesa junto a la puerta con unas pantallas táctiles en las que se ha de solicitar turno, otra mesa más allá destinada al uso de un guardia de seguridad que está ausente, varias filas de asientos enfrentados, soldados a estructuras fijas de metal, sobre un suelo bastante reluciente y creo recordar que con ciertos toques marmóreos, en el clásico estilo de consulta de hospital público estándar y olvidable, pero no se trata de un hospital público, que por cierto es una combinación de palabras que en este país es antitética, sino que nada más y nada menos que la oficina de la seguridad social de Santa Bárbara, en donde las casualidades del destino reúnen a personajes variopintos procedentes de las orillas remotas de la sociedad.
Ahí está la pareja de hombres maduros con relucientes ropajes blancos, sanas sonrisas y viseras translúcidas teñidas de verde, los pantalones encojidos tras muchos lavados enseñando parte de la piel venosa de los tobillos enfundados en calcetines blancos, la estudiante asiática aplicada estudiando un libro de texto, su rostro y el del libro dedicados en exclusiva el uno al otro, protejidos del exterior por una melena de pelo tan liso que parece pulido, el hombretón de mediana edad, líneas robustas como trazadas con un grueso lápiz de carboncillo y ropaje informal que habla demasiado alto en uno de los mostradores, otro hombre mayor de modales exquisitos y que recuerda levemente a Michael Caine, que se dedica a hablar en un más que correcto español con una mejicana cansada de la espera y, tras un leve paseo estirando unas piernas también enfundadas en pantalones algo encojidos -resultará que es algo cultural y no debido a una conspiración de las lavadoras de los 70 para lavar a más temperatura de la indicada en los mandos- con el guardia de ascendencia mejicana que por fin ha aparecido y ha ocupado su puesto en la mesa, el tal doble de Michael Caine sin acabar de dar la impresión de que su presencia en la sala responda a un objetivo concreto, y que es observado por un físico despeinado, de frente y nariz contundentes y apariencia entre frágil y replegada y robusta, que podría visitar una peluquería y acordarse de usar crema solar, pues si bien es español eso no parece ser suficiente como para hacerle inmune al sol californiano, lo que quizá tenga relación con su complexión pálida y rubiocastaña que hace que nadie en la sala imagine que es español, físico que por cierto creo recordar que también lleva calcetines blancos, y cuya mirada escrutinadora, que le delata como Espectador, se desvía hacia el nuevo habitante del ecosistema oficinil, un jubilado enfundado en un anorak verde algo iridiscente que deja entrever una camisa de botones roja, sobre la que una gorra de béisbol con la inscripción “trongworld cycling” enmarca un rostro afable con unas enormes gafas, la piel de los mofletes doblándose sobre sí misma y el labio superior perdiéndose bajo una nariz bien redondeada, como lo son los dedos de las manos que aferran papeles y revistas varias que no se sabe si estaban en la sala o han venido del exterior, el hombre que se sienta y murmura alguna frase o más bien cree murmurar para sí cuando en realidad enuncia con gran claridad y amplitud sonora, y abre alguna revista, y al ver avanzar los números de turno en la pantalla se acuerda de su papel con el número impreso pero no se acuerda de dónde lo tiene, y remueve sus revistas y papeles y busca en sus bolsillos y se levanta de nuevo hacia la mesa de las pantallas táctiles pero su vale no aparece por ninguna parte y vuelve a sentarse murmurando para sí mismo y para el resto de la sala y sigue rebuscando y se da por vencido y retoma la lectura de una revista, rompiendo el silencio de este templo de espera con repentinas e inesperadas y atronadoras carcajadas, la montura de las gafas brillando bajo el neón.
Y por supuesto, en la pared que hace esquina con la que sirve de fondo a la mesa del guarda, están las ventanillas hacia el Otro Lado. Para enmarcar como se merece la conexión con tan ilustre y misterioso lugar, la pared está pintada de un fuerte tono granate, y ha sido dotada de una interesante textura por medio de surcos verticales que quizá imiten a vetas de madera. La pared se interrumpe por contraventanas correderas que se abren y cierran a intervalos cuya lógica escapa a los pobres mortales de la sala de espera, que contemplan perplejos cómo las compuertas ocultan o dejan ver sucesivamente la claridad diáfana del Otro Lado tras la figura del correspondiente funcionario que suele aparecer cada vez que se abre una de las ventanillas, en lo que parece un juego de entretenimiento de un mago con un sentido del humor perverso que en lugar de hacer prestidigitaciones con vasos invertidos y canicas, ¿dónde está la canica? ¡tacháaan!, se dedica a plantear a los sufridores del Lado de Aquí el truco de “¿dónde está el funcionario? ¡tacháaaan!”, mientras las compuertas se abren y cierran y nunca se tiene la calma suficiente para saber qué hay detrás, pues una vez que una de las ventanas abiertas está dedicada al Turno propio y uno se acerca e intenta dirigir la mirada a las profundidades del Otro Lado, no puede concentrarse dado que la atención se desvía al alféizar de imitación de mármol, de resolución algo pobre, pero sobre todo debido al hecho de que, una vez que las manos se apoyan en el alféizar y la mirada se dirige al frente, uno no puede evitar ser hipnotizado por las líneas de fuga de las guías que sostienen las placas porosas que esconden las vísceras cableadas del techo del Otro Lado, y por cómo estas líneas se pierden apresuradamente en un infinito oculto por una pared de media altura, convergiendo teatralmente en la cabeza de la funcionaria de pelo rizado, moreno, piel saludable como la de una maja española de Romero de Torres, las manos elegantemente extendidas hacia el teclado, todo el conjunto enmarcado por el granate en el que se abre esta ventana, y entonces es como si se estuviera viendo un cuadro, como si lo que se tuviera enfrente, separado por un cristal etéreo e invisible, perteneciera a otro mundo, y esta iluminación hace que se abandone toda esperanza de poder entender lo que hay en el Otro Lado, pues es demasiado ajeno e irreal, y de alguna manera da miedo o vértigo imaginar qué hay tras la pared de media altura que bloquea toda visión del misterioso universo burocrático, que parece extenderse hacia profundidades inalcanzables bajo la cuadrícula en fuga del techo; y sin embargo, si uno persevera y se sobrepone al terror de lo desconocido y de algún modo tiene un sentimiento de certeza de que detŕas no debe de haber más que una corte ajetreada de oficinistas dedicados a participar en rituales extraños pero de alguna manera entendibles, de papeleos malabarísticos e imposibles, manejando las poleas que abren y cierran las ventanas corredizas siguiendo un algoritmo inalcanzable para el pobre habitante de la sala de espera pero que sería comprensible si de algún modo uno pudiera cruzar el cristal invisible y reunirse con la maja de Romero de Torres para desentrañar los misterios del Otro Lado, entonces uno se viene abajo y se da cuenta de que no, de que tal pensamiento era una quimera, cuando se nace en el Lado de Aquí nunca se puede cruzar, muchos gastaron vidas en intentarlo y se escribieron novelas desoladas y terroríficas sobre ellos, y finalmente uno se acobarda y se conforma con las sombras platónicas, y lo único que puede percibir de las entrañas burocráticas es un profundo y ominoso rugido de fondo, distante y cercano a la vez, que pudiera ser el aire acondicionado o la causa inenarrable de la profunda e imperfectamente disimulada inquietud que brilla en las esquinas de los ojos de la maja rizada de Romero de Torres, que se esfuerza sin embargo por parecer medianamente normal y hastiada y eficiente, cuando quizá ella misma esté aterrorizada ante la posibilidad acechante e inminente del cierre de su ventana corrediza, pues ella en el fondo tampoco entiende su propio mundo, y tiene pánico de que la ventana se cierre antes de que pueda entender por lo menos qué es lo que pasa enfrente y qué es lo que lleva a sus habitantes a entrar y salir por esa puerta del Otro Otro Lado y a presionar extrañas pantallas y recojer tickets numerados y sentarse y levantarse y mirar, mirar fijamente hacia los que están en su flanco de las ventanillas, como dando a entender con arrogancia que saben algo que la maja rizada desconoce y nunca le contarán, ¡nunca!, y que para desviar su atención y evitar que tenga tiempo para pensar continuarán para siempre arrojando compulsivamente papeles y solicitudes a su otrora pacífico universo.
Ahí está la pareja de hombres maduros con relucientes ropajes blancos, sanas sonrisas y viseras translúcidas teñidas de verde, los pantalones encojidos tras muchos lavados enseñando parte de la piel venosa de los tobillos enfundados en calcetines blancos, la estudiante asiática aplicada estudiando un libro de texto, su rostro y el del libro dedicados en exclusiva el uno al otro, protejidos del exterior por una melena de pelo tan liso que parece pulido, el hombretón de mediana edad, líneas robustas como trazadas con un grueso lápiz de carboncillo y ropaje informal que habla demasiado alto en uno de los mostradores, otro hombre mayor de modales exquisitos y que recuerda levemente a Michael Caine, que se dedica a hablar en un más que correcto español con una mejicana cansada de la espera y, tras un leve paseo estirando unas piernas también enfundadas en pantalones algo encojidos -resultará que es algo cultural y no debido a una conspiración de las lavadoras de los 70 para lavar a más temperatura de la indicada en los mandos- con el guardia de ascendencia mejicana que por fin ha aparecido y ha ocupado su puesto en la mesa, el tal doble de Michael Caine sin acabar de dar la impresión de que su presencia en la sala responda a un objetivo concreto, y que es observado por un físico despeinado, de frente y nariz contundentes y apariencia entre frágil y replegada y robusta, que podría visitar una peluquería y acordarse de usar crema solar, pues si bien es español eso no parece ser suficiente como para hacerle inmune al sol californiano, lo que quizá tenga relación con su complexión pálida y rubiocastaña que hace que nadie en la sala imagine que es español, físico que por cierto creo recordar que también lleva calcetines blancos, y cuya mirada escrutinadora, que le delata como Espectador, se desvía hacia el nuevo habitante del ecosistema oficinil, un jubilado enfundado en un anorak verde algo iridiscente que deja entrever una camisa de botones roja, sobre la que una gorra de béisbol con la inscripción “trongworld cycling” enmarca un rostro afable con unas enormes gafas, la piel de los mofletes doblándose sobre sí misma y el labio superior perdiéndose bajo una nariz bien redondeada, como lo son los dedos de las manos que aferran papeles y revistas varias que no se sabe si estaban en la sala o han venido del exterior, el hombre que se sienta y murmura alguna frase o más bien cree murmurar para sí cuando en realidad enuncia con gran claridad y amplitud sonora, y abre alguna revista, y al ver avanzar los números de turno en la pantalla se acuerda de su papel con el número impreso pero no se acuerda de dónde lo tiene, y remueve sus revistas y papeles y busca en sus bolsillos y se levanta de nuevo hacia la mesa de las pantallas táctiles pero su vale no aparece por ninguna parte y vuelve a sentarse murmurando para sí mismo y para el resto de la sala y sigue rebuscando y se da por vencido y retoma la lectura de una revista, rompiendo el silencio de este templo de espera con repentinas e inesperadas y atronadoras carcajadas, la montura de las gafas brillando bajo el neón.
Y por supuesto, en la pared que hace esquina con la que sirve de fondo a la mesa del guarda, están las ventanillas hacia el Otro Lado. Para enmarcar como se merece la conexión con tan ilustre y misterioso lugar, la pared está pintada de un fuerte tono granate, y ha sido dotada de una interesante textura por medio de surcos verticales que quizá imiten a vetas de madera. La pared se interrumpe por contraventanas correderas que se abren y cierran a intervalos cuya lógica escapa a los pobres mortales de la sala de espera, que contemplan perplejos cómo las compuertas ocultan o dejan ver sucesivamente la claridad diáfana del Otro Lado tras la figura del correspondiente funcionario que suele aparecer cada vez que se abre una de las ventanillas, en lo que parece un juego de entretenimiento de un mago con un sentido del humor perverso que en lugar de hacer prestidigitaciones con vasos invertidos y canicas, ¿dónde está la canica? ¡tacháaan!, se dedica a plantear a los sufridores del Lado de Aquí el truco de “¿dónde está el funcionario? ¡tacháaaan!”, mientras las compuertas se abren y cierran y nunca se tiene la calma suficiente para saber qué hay detrás, pues una vez que una de las ventanas abiertas está dedicada al Turno propio y uno se acerca e intenta dirigir la mirada a las profundidades del Otro Lado, no puede concentrarse dado que la atención se desvía al alféizar de imitación de mármol, de resolución algo pobre, pero sobre todo debido al hecho de que, una vez que las manos se apoyan en el alféizar y la mirada se dirige al frente, uno no puede evitar ser hipnotizado por las líneas de fuga de las guías que sostienen las placas porosas que esconden las vísceras cableadas del techo del Otro Lado, y por cómo estas líneas se pierden apresuradamente en un infinito oculto por una pared de media altura, convergiendo teatralmente en la cabeza de la funcionaria de pelo rizado, moreno, piel saludable como la de una maja española de Romero de Torres, las manos elegantemente extendidas hacia el teclado, todo el conjunto enmarcado por el granate en el que se abre esta ventana, y entonces es como si se estuviera viendo un cuadro, como si lo que se tuviera enfrente, separado por un cristal etéreo e invisible, perteneciera a otro mundo, y esta iluminación hace que se abandone toda esperanza de poder entender lo que hay en el Otro Lado, pues es demasiado ajeno e irreal, y de alguna manera da miedo o vértigo imaginar qué hay tras la pared de media altura que bloquea toda visión del misterioso universo burocrático, que parece extenderse hacia profundidades inalcanzables bajo la cuadrícula en fuga del techo; y sin embargo, si uno persevera y se sobrepone al terror de lo desconocido y de algún modo tiene un sentimiento de certeza de que detŕas no debe de haber más que una corte ajetreada de oficinistas dedicados a participar en rituales extraños pero de alguna manera entendibles, de papeleos malabarísticos e imposibles, manejando las poleas que abren y cierran las ventanas corredizas siguiendo un algoritmo inalcanzable para el pobre habitante de la sala de espera pero que sería comprensible si de algún modo uno pudiera cruzar el cristal invisible y reunirse con la maja de Romero de Torres para desentrañar los misterios del Otro Lado, entonces uno se viene abajo y se da cuenta de que no, de que tal pensamiento era una quimera, cuando se nace en el Lado de Aquí nunca se puede cruzar, muchos gastaron vidas en intentarlo y se escribieron novelas desoladas y terroríficas sobre ellos, y finalmente uno se acobarda y se conforma con las sombras platónicas, y lo único que puede percibir de las entrañas burocráticas es un profundo y ominoso rugido de fondo, distante y cercano a la vez, que pudiera ser el aire acondicionado o la causa inenarrable de la profunda e imperfectamente disimulada inquietud que brilla en las esquinas de los ojos de la maja rizada de Romero de Torres, que se esfuerza sin embargo por parecer medianamente normal y hastiada y eficiente, cuando quizá ella misma esté aterrorizada ante la posibilidad acechante e inminente del cierre de su ventana corrediza, pues ella en el fondo tampoco entiende su propio mundo, y tiene pánico de que la ventana se cierre antes de que pueda entender por lo menos qué es lo que pasa enfrente y qué es lo que lleva a sus habitantes a entrar y salir por esa puerta del Otro Otro Lado y a presionar extrañas pantallas y recojer tickets numerados y sentarse y levantarse y mirar, mirar fijamente hacia los que están en su flanco de las ventanillas, como dando a entender con arrogancia que saben algo que la maja rizada desconoce y nunca le contarán, ¡nunca!, y que para desviar su atención y evitar que tenga tiempo para pensar continuarán para siempre arrojando compulsivamente papeles y solicitudes a su otrora pacífico universo.
domingo, 21 de junio de 2009
domingo, 7 de junio de 2009
Santa Ynez
Las raíces de la montaña y las estelas de los aviones desgarran el cielo, que vierte en gotas su velo azul sobre la alerta petrificada del paisaje, sediento de luz y color en la calma zumbante del ardor primaveral, los laberintos agrietados de ceniza y muerte pulsantes con el deseo irrefrenable de la reinvención.
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